Se puede vivir una vida en un día? pregunta simple,
respuesta complicada, que en reiteradas oportunidades me da vueltas como
mariposas en el estomago de un enamorado, al percibir y ser testigo mudo del
cambiar continuo de los acontecimientos de la realidad.
Llega el amanecer, y los rayos de sol entran por
aquella ventana, saludando la mañana, abro los ojos, doy vueltas en la cama y aun
sin levantarme miro a lo alto como muestra de agradecimiento y bienvenida a
esas 24 horas nuevas... sin imaginar que todo pende de un hilo, sin pensar si estamos preparados
para lo que puede suceder; desprotegidos totalmente en un espacio tiempo repleto
de respiros y latidos... arquitectos sin experiencia de construcciones de variedades
infinitas.
Lo recuerdo como si fuera ayer, era una mañana de
invierno como cualquier otra, el sonar del despertador daba paso a un nuevo día,
la ducha para despertar y el infaltable café matutino marcaba el sendero de la jornada
cotidiana, esa marcha diaria que mata, duele
y envenena lentamente, haciéndonos cómplices
de ese escenario que vamos creando con el paso inexorable del tiempo... nuestra
vida.
Parecen días iguales, a veces un día más, otros un día
menos, días donde la monotonía y la falta de sentido son las compañeras fieles
de los que se sienten solos. No se puede imaginar lo que sucederá y como una película,
toma a toma, se va desarrollando la partitura diaria de los hechos que no por
escribirlos no son ciertos.
La analogía de un día y la música no es más que la metáfora
de una sonata donde el desarrollo de la misma coincide con las horas que va
matando el tiempo, la exposición o apertura, el desarrollo y la recapitulación...
un día una vida, una vida un día.
No sé porque, cada vez que escribo siento que me
alejo un poco más de las cosas que puedo tocar, tratando de convertir las
palabras en realidades y las realidades en un poco de mi.

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